En esta vaguada sin primaveras, los cielos cenicientos de abril se hacen extraños como sombras de madrugada.
Solo unos pocos días renqueantes de entretiempo se entibian; entonces, las jovenes se dejan ver aligeradas de ropa, preciosas, repletas de vida y sed.
Pero cuando el devenir local se acostumbra a ese buen tiempo, cae de repente un calor plano y pesado como la losa de la cincuentena y esa promesa de intermedio muere cada año, apenas sin haber nacido.
Nos resignamos, qué otra nos queda. Mientras tanto soñamos con el mar.
