Hay quien envidia
de los ricos su paz y su diversión,
su envoltorio de celofan
y su colonia cara;
parece como si les molestara
sus sonrisas
y que puedan derrochar
a manos llenas, sus herencias y sus legados.
Entiendo el odio de quienes
no tienen garantizado
ni el coscurro de mañana
y ven como otros
se hacen canutillos
para esnifar coca con billetes de cincuenta.
Eso es cierto,
pero odio también a esa clase de 2500 al mes
que en lugar de ver su suerte
y mirar hacia abajo,
rumia y desprecia
crítica y mancilla envidiando a los demás
y son tan ruines de no salir un jueves de julio
a cenar con su pareja
tranquilos por la ciudad
Ni a preparar una excursión en familia
a los Pirineos por sorpresa;
ni a gastar treinta euros en un regalo,
ni en pagar un dia porque me da la gana toda la cena de mis amigos
ni en comprar a su hija ese vestido que le gusta.
Admiro a quien saca partido y disfruta
de lo que tiene, aunque sea poco.
Los ruines
se merecen ser pobres
para empezar a apreciar.